Hemos llegado al último día del año 2025. Hoy es un día propicio para dos actitudes: AGRADECER y PERDONAR. Ambos son dos movimientos del corazón que ordenan el pasado y abren al futuro.
Agradecer es reconocer la vida como don, es mirar con profundidad. No es solo enumerar cosas buenas, sino releer el año con un sentido. Es descubrir cómo, aun en el dolor y las dificultades, la vida nos fue formando, enseñando y sosteniendo.
Agradecer es pasar de la queja a la conciencia. Es reconocer que no todo dependió de nosotros. Porque agradecer incluye lo inesperado y lo no logrado; porque no solo se agradecen los éxitos, sino también los límites que nos ubicaron, los fracasos que nos hicieron más humildes, las pérdidas que nos enseñaron a valorar.
Agradecer genera esperanza, porque quien agradece no queda atrapado en la nostalgia y la tristeza.
El agradecimiento “nos reconcilia” con el pasado, pacifica el presente y prepara el corazón para recibir lo nuevo.
Perdonar es liberar el corazón del peso del resentimiento. Es decidir no vivir atado a la herida. Y esto, aun sabiendo que el perdón no borra lo ocurrido, no niega el dolor, no absuelve la injusticia.
Perdonar es un acto de libertad interior. El rencor nos mantiene ligados al pasado. En cambio, el perdón corta la cadena de la violencia interior, devuelve la paz, nos permite seguir caminando sin cargas inútiles.
Perdonar es también “perdonarse” a uno/a mismo/a. Al cerrar el año, pueden aparecer reproches personales por decisiones mal tomadas, palabras mal dichas o no dichas, miedos que paralizaron, actitudes de falta de amor y misericordia.
Perdonarse es reconocer la propia fragilidad sin despreciarse. Es aceptar que hicimos lo mejor que pudimos con lo que advertíamos en ese momento.
Perdonar nos abre futuro. El perdón no mira solo hacia atrás, sino hacia adelante. Es decirle al año que viene: no voy a entrar cargando lo que ya no da vida.
AGRADECER Y PERDONAR son dos movimientos complementarios, van unidos.
Agradecer ordena lo recibido.
Perdonar sana lo herido.
Agradecer nos reconcilia con la vida.
Perdonar nos reconcilia con las personas, con nosotros mismos y con Dios.
Ambos gestos son profundamente humanos, intensamente espirituales y vivamente maristas.
El Niño de Belén restablece la PAZ.
La Navidad es encuentro de Dios con nosotros desde siempre.
Cada año es un llamado a encontrarnos como hermanos y hermanas para generar encuentros que alienten futuros más humanos, asumiendo las riquezas de nuestras diferencias.
Navidad es cercanía de Dios en Jesús, un niño humilde y frágil, tan frágil como la paz que anhelamos. Esa paz que debemos pedir, dar y construir.
Seamos en el nuevo año “entusiastas constructores del nuevo Hermitage”, comprometidos en ser artesanos de la paz y del encuentro.
¡Feliz y bendecido Año 2026!
H. Horacio Bustos